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jueves, 6 de septiembre de 2012

BESOS DE UN HOMBRE Y CARICIAS DE UNA MUJER


Despertar en mi el deseo carnal y la enrojecida pasión, creíala yo tarea de de un hombre, y solo de él, más me siento desorientada al ver que el cálido aliento de un hombre en mi nuca ha sido sustituido por el tacto sedoso de una mujer en mi piel, que con gran delicadeza recorre mi cuerpo, sintiéndome acomplejada al desconocer si la magnífica y perfecta anatomía de mi pareja puede si quiera comparárseme.



¿Cómo es que pueden tan delicadas manos hacer sentir la finura y la suavidad en otras, y alzar la feminidad, cuando éste solía ser trabajo de un hombre? ¿Qué ocurre cuando unos dedos más frágiles y afables que los tuyos, pasan a ser los que te hacen sentir mujer, de una forma en la que ninguna otra podría entender?

Se trata de un sentimiento único entre las dos, en el que un hombre no tiene cabida, pues éste no es capaz como nostras bien sabemos de entendernos con solo una incauta y breve mirada.


El proceder en el que un hombre aprecia la belleza de una mujer dista en gran medida del que proseguimos las demás como iguales. Mientras los hombres se deleitan con la sensual fogosidad de sus ardientes movimientos, servidora disfruta apreciando la gracilidad de sus pasos, cuando ésta se alla pensando en otros mundos. Mientas otros disfrutan de sus prominentes curvas, yo me digno a elevarlas al súmmum divino de la belleza, pues me encuentro ante la sublime figura de toda una dama. Y mientras muchos se pierden en lejanas ensoñaciones de carácter erótico, yo observo la soberbia de una naturaleza capaz de crear el cuerpo inigualable de una mujer, simplemente maravilloso, como una genialidad elaborada por el más talentoso escultor.

De una mujer me encanta su forma de amar, y amo su forma de querer, el modo en el me siento segura de quererla tal como es, y el modo en el que ella se siente de la misma forma, y así creo yo se lo demuestro. 

Frente al hombre, ésta te abre su corazón como algo que espera trates con cuidado y afecto, pues las heridas producidas por los besos de un hombre, tan solo pueden ser curadas por las honestas y cálidas caricias de una mujer.



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