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miércoles, 23 de abril de 2014

El momento que nunca llega.



    Nos pasamos la vida imaginando cómo nos gustaría, valga la redundancia, que fuese nuestra vida, cómo nos gustaría vivirla. Y mientras tanto, como se puede leer por ahí, lo que pasa es la vida misma. Pero llega un momento en el que la fantasía deja de serlo, en el que se vuelve menos ficción.

La frustración durante la adolescencia en la que nos vemos abocados la gran mayoría de seres humanos es bien conocida. Niños atrapados en unos cuerpos que no paran de experimentar cambios, víctimas de hormonas revolucionadas. Pasamos de niños a adolescentes, y este cambio lo constata únicamente nuestro aspecto físico. El niño no se siente adolescente, porque ¿qué es ser adolescente? Cuando al fin lo descubre, o cree saber interpretar ese papel el adolescente se siente adulto, pero ¿qué es ser adulto? ¿Quién tuvo la idea de poner etiquetas a los cambios del cuerpo y la mente humana? ¿A caso no estamos todos los seres vivos en constante cambio? ¿Por qué tener más vello, menos vello, más pecho, menos pecho, más caderas, menos caderas, sentir en nuestro cuerpo el efecto de la gravedad, etc., determina si somos niños, adolescentes, jóvenes, adultos o ancianos? Esto supone un trauma para la propia mente del sujeto. Pero peor aún es cuando dicho sujeto es consciente de estos cambios y es incapaz de hacerse oír o entender por aquellos que le rodean.